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Detrás
de su aspecto -para algunos, temible- o de su fama de hueso era
una persona que --quienes le conocisteis bien, podéis
certificarlo-- nunca hizo mal a nadie ni disfrutó con la
desgracia ajena. Trataba de ayudar a quienes se le acercaban y
de complacer a cuantos le pedían un favor.
"Hay que hacer
favores a la gente: y no hay que esperar que te los devuelvan"
solía decir. Como el personaje de Bernard Shaw, trataba igual a
todo el mundo, pero a diferencia de Doolittle, era igual de
amable con el becario que con el rector. ¡Cuántas veces me ha
dicho alguien que había padecido el suplicio de una oposición:
"¿Tu padre? se portó muy bien conmigo." O una
camarera de la facultad "¿Es tu padre? Siempre tiene la
palabra amable con la gente."
No es momento éste de
dilucidar sus méritos académicos y de decidir lo sabio que
era. Ahí están sus libros y artículos para quien quiera
juzgarle con conocimiento de causa. Lo que sí es evidente es
que no iba de sabio.
Como acertadamente decía otra Shaw -su amiga Patricia- en el
homenaje que le dedicaron hace unos años discípulos suyos en
Zaragoza: D.
Emilio, like all true scholars, wears his learning lightly.
Algunos consideraban vulgar esta campechanía. El a su vez los
consideraría unos pedantes.
Esta
franqueza, para algunos excesiva, le granjearía algunas
enemistades, pero también la simpatía de quienes acostumbran a
callar por prudencia.
Para él no tenía sentido la frase del pobre jesuita Malagrida,
citada por Stendhal: "La
parole a été donée à l´homme pour cacher sa pensée".
Casi siempre dijo lo
que sentía y casi nunca, por suerte, tuvo
que sentir lo que dijo.
Además, su juicio sobre las cosas y las personas solía ser
meditado y pocas veces tuvo que cambiarlo. Rara vez se ensañaba
con el corto de luces. Solo era implacable con el pedante o el
malvado. Pero esta franqueza rara vez era hiriente.
Era algo tan simple -y tan complicado- como la naturalidad de
decir en cada momento lo que se debe decir: no lo que los demás
esperan oír ni tampoco lo que temen que se les diga. Cumplía
así una estricta etiqueta que ya no cotiza en círculos donde
se valora lo oscuro, lo retorcido o un pretendido ingenio que no
es más que ramplonería.
En su llaneza, en su deliberada falta de formulismos había algo
de inverted snobism,
algo que debe de ser la norma en Castilla, razón por la que no
tiene que se sepa un nombre específico. Era llano porque no sabía
ser engolado, pero sabía ser endiabladamente preciso cuando la
complejidad de la materia lo exigía y consideraba que el
interlocutor entendía los términos.
¿Quién sabe si esta franqueza le costó la destitución en los
cursos de Santander, en los que llevaba trabajando desde hacía
veinte años? De esta su primera muerte, en 1980, tardó algo en
recuperarse. No es
una hipérbole, digo su "primera muerte" porque para
algunos que él tenía por amigos dejó literalmente de existir.
Fue una buena criba porque quedaron solo los verdaderos amigos.
Pero ni esta destitución ni las durísimas secuelas de la
enfermedad hicieron mella en su espíritu.
En cuanto pudo, siguió dando clases: primero como catedrático
emérito y luego en los cursos de doctorado. Gratis
et amore, acudía los sábados a sus cursos donde
diseccionaba la obra más difícil de Joyce con un número
creciente de alumnos. La enseñanza era su pasión, pero los
jueves no faltaba a sus reuniones académicas, ni dejó de
escribir artículos, dictar conferencias o asistir, como pudo, a
mesas redondas.
En su respeto por el
etiqueta, la corbata era importante, pero no era tan esencial
como el imperativo de ser amable con todos, de responder
absolutamente todas las cartas y de devolver todas las llamadas:
incluso las de esos desconocidos que importunan con peticiones
absurdas a quienes publican.
Pero era fiel a otros principios y códigos que yo desconocía.
En virtud de uno de ellos, por ejemplo, le parecía inconcebible
que alguien menospreciara a la ligera la obra de un colega o
compañero sin razonarlo. Esto solo se debía hacer pública y
razonadamente, por escrito, en una reseña. "Lo que pensamos de un colega lo hemos dicho siempre por
escrito y, si no, a callarse". Supongo que este código
académico sería el mismo que aprendió de sus profesores y
maestros: Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Carlos Clavería, Fernández
Ramírez o García Blanco, y no debe ser otro el que respetan
sus amigos y colegas, algunos de ellos, hoy aquí presentes.
Estas personas eminentes del
siglo pasado procuraban tenerlo todo: además de la erudición,
la brillantez y la finura en los modales, la bondad.
Hablo con conocimiento de causa porque a mí, que era un
monicaco, me trataban con exquisito respeto y una atención que
me desbordaba. Dámaso, Lapesa, Rosales o Alarcos, han sido
verdaderos humanistas, pero no los únicos. ¿Tan difícil es
conciliar el rigor intelectual con la simpatía, el humor y la
amabilidad con cualquier ser humano?
Pero a mi padre le indignaban algunas cosas. No hubiera firmado
el epitafio de Swift ("Aquí
yace el cuerpo de Jonathan Swift, donde la indignación ya no
puede lacerar su alma") ni consideraba, como el deán
loco, que el ser humano sea "la
criatura más vil que se arrastra sobre la superficie de la
tierra" pero sufría cuando la gente no era tan recta
como él esperaba, se indignaba. El mundo distaba mucho de ser
como él y sus maestros lo habían planeado.
Sin embargo, aunque no era un mundo dirigido solamente
por personas eminentes y respetuosas, y, a veces, incluso buenas,
era una meritocracia donde también
podían mandar los más inteligentes.
La gente no cumplía a rajatabla sus estrictas normas ni respondía
a los e-mails (destreza que él logró dominar a la perfección
), pero sí, la gente cada vez era más puntual y, a veces, no
olvidaba la palabra dada. Había personas rectas, se escuchaban
palabras amables, surgían muestras de cariño sorprendentes. Mi
padre cada vez se indignaba menos.
Era un hombre de palabra,
pero, sobre todo, era un hombre que disfrutaba con las palabras
("los que, como yo,
disfrutamos con las palabras", dice en alguno de sus
artículos ). Era cierto. Atesoraba palabras, se llenaba los
bolsillos de la chaqueta con recortes, notas, papelitos. Las
coleccionaba como un entomólogo.
Al escribir, buscaba la palabra justa... y la encontraba. A
veces, incluso en varias lenguas.
Pero este don no es hereditario, así que voy a ir concluyendo.
Conservó
su curiosidad hasta el último momento: todo lo asimilaba y
clasificaba en su bien organizada cabeza (a diferencia de lo que
ocurría en su mesa, cada cosa estaba en su sitio ). Hicimos
muchas excursiones, a la Sierra de la Estrela, a la región de
la Vera, a Soria. Yo a los pocos meses ya había olvidado los
nombres de los pueblos; él los recordaba como si hubiera sido
su primer viaje escolar: Figueira d'Hospidal, Caldas da
Felgueira, Ayllón, Jaráiz, Tiermes...
En un atardecer en esas ruinas ibéricas perdió pie y casi se
rompe algo queriendo ver de cerca el yacimiento arqueológico.
Como disculpándose de su osadía, impropia de la edad, nos
explicaba: "Lo único
que conservo de la juventud es la curiosidad"
Sería inexcusable no
mencionar a su mujer, Maruca, que murió en estas mismas fechas
hace doce años. Una buena parte de los logros de mi padre, el
impulso y la inspiración, se los debe sin duda a una mujer que,
hasta donde pudo, le ayudó en su carrera profesional
renunciando a la suya.
Muchos han destacado las
ganas de vivir de mi padre. De ello, damos todos fe: hace apenas
unas semanas atacaba con entusiasmo un churrasco argentino y
reivindicaba después la rebeldía de fumarse un cigarrillo.
También muchos han destacado su sentido del humor, su aire de
niño travieso, sus ojillos risueños, sus ganas de vivir. En el
hospital, incluso en los últimos días, cuando la suerte estaba
ya echada -y él lo sabía- era capaz de distanciarse con humor
de lo que se avecinaba. Con una sonrisa enigmática, mirando de
reojo hacia quien estuviera allí, podía oírsele decir como
hablando consigo mismo:
"Oscuro e incierto se presenta el reinado de Witiza"
Tal
vez hubiera preferido un funeral
menos solemne y grave, más irlandés. Tal vez hubiera querido
que éste hubiera sido --en uno de esos retruécanos de Joyce
que tanto le gustaban-- un auténtico
fun-for-all. |