|
En algunas ocasiones, quizás señalado
por el Fatum colectivo que al propio Júpiter obligaba, he
llegado tarde a muchas citas. Esta columna misma de hoy, miércoles,
llega al periódico con una semana de retraso, ya que debió
ser redactada para el miércoles anterior. En éste, día 3 de
julio, me encontraba presidiendo un tribunal de tesis doctoral
en la Facultad de Filología de la Complutense. Previamente,
en el bar univer- sitario, me había encontrado con el catedrático
de latín Juan Lorenzo. Como en otras ocasiones estuvimos
hablando del académico Emilio Lorenzo, con el que nos unía
una vieja y familiar amistad. El filólogo latino acababa de
visitar a Emilio Lorenzo, muy menguado físicamente, perfecto
de mente, y quedamos para visitarlo. Luego, en el Salón de
Grados donde se celebraba la tesis, recordé cómo estábamos
en el mismo local en el que muchos años atrás yo me había
doctorado en Filología Moderna ante un tribunal presidido por
Emilio Lorenzo, tras el cual fue acrecentándose nuestra
amistad. En el mismo local también realicé después mis
oposiciones a la cátedra de Literatura Española y allí
cumplí mi primer examen oral de Literatura con Maldonado de
Guevara, otro salmantino ilustre. Recordé, con la nostalgia
de la edad, cómo podría parecer injusto que los seres
perecieran mientras que las cosas, los edificios, permanecían.
Porque, como nos dicta la ciencia, frente a la ida del ser
humano, las sustancias que pueblan nuestro universo pueden
arder, disolverse, fraccionarse, pero no por ello desaparecen
sino que se recombinan de modo diferente y la cantidad de
materia total continúa siendo igual.
Docente yo en la área de Filología Italiana, durante
bastante tiempo tuve frecuente trato con Emilio Lorenzo, a la
sazón director de todo el Departamento de Filología Moderna.
Algunas veces nos reuníamos en el bar con nuestro gran amigo
José Luis Pinillos y ambos se reían de que yo hubiera
encontrado en Zaragoza una peluquería, en la cual me servía
habitualmente aprovechando mis numerosos viajes de Madrid a
Barcelona. También hablábamos de la no rara pedantería,
distinta a la necesidad, de introducir vocablos ingleses en el
castellano, que invadía ampliamente el campo de la onomástica.
Y recalábamos, claro está, en su libro señero de El español
de hoy, lengua en ebullición publicado con prólogo de Dámaso
Alonso en Editorial Gredos. En ese miércoles pasado al que
llego tarde, amigos como Jorge Urrutia o José Antonio Pascual
o García de la Concha, ya destacaron su gran labor de lingüista,
o su cuidada atención en las traducciones de Wartburg o el
Cantar de los Nibelungos, que intenté que editara Planeta y
al fin lo hizo, en 1980, la Editorial Swan. La versión en
prosa de Lorenzo lleva un importante y breve prólogo que nos
enuncia la unidad del poema épico y las virtudes del cortés
Rúdeger en cuanto vater aller tugende, padre o espejos de
caballeros. O advierte la reiterada presencia de los verba
dicendi, análogo al uso de la épica francés y que no ofrece
el Cantar del Cid. Cabe destacar que, como buen maestro,
Lorenzo se sentía orgulloso de la seriedad del «Estudio
preliminar» realizado por su discípula y catedrática María
Teresa Zurdo que ofrece la citada edición.
En una ocasión, Emilio Lorenzo me invitó a disertar en la
Universidad Menéndez Pelayo de Santander, en la que ejercía
de vicerrector. Le fallé, por cuestiones que no hacen al
caso. Quería que hablase de la épica culta del Renacimiento
partiendo de los poemas francovénetos que Pío Rajna denominó
Geste Francor. En parte era la lección que escogí en mis
oposiciones y que luego publicaría. Pero no fui a Santander.
Es una deuda, como otras varias, que contraje con Emilio
Lorenzo en mi trayectoria universitaria. También por ello,
aunque llegara tarde, quería escribir estas líneas, cuando
ya no escucharé su voz. Como tantas otras que se me fueron.
Sin embargo nos queda su memoria, la palabra dejada que
podemos existirla con la mirada que relea los Nibelungos o esa
ebullición de la lengua española que se mueve agitada
formando las cotidianas burbujas de un líquido caminante
llamado tiempo.
|