Tenía
la ventaja de estar sordo. Así es que escuchaba sólo lo que le
interesaba. Conectaba su aparato o se aislaba a conveniencia.
Era un hombre muy cordial, muy simpático, muy atento, aunque
tenía capacidad para el mordisco. Dominaba de tal forma el
mundo de la filología, que nadie discutía su prestigio. Era un
sabio enamorado que se deshacía de ternura por las palabras, un
científico que diseccionaba cada vocablo con la seguridad del
cirujano, que odiaba las verborreas soleadas de algunos de sus
colegas, la política calcinada de la Universidad española.
-No se enteran -me dijo un día-. Haz el favor de proponer el
vocablo negritud. Tengo un arsenal de datos que lo respaldan
como término español.
Y era verdad. Me dejó abrumado con su erudición y su dominio
del español y del inglés. Era el silencio sonoro, la palabra
incandescente, la denuncia de la expresión tórpida. Le
incorporé en su día a la colaboración en ABC y publicó
terceras memorables. Era capaz de escribir colaboraciones periodísticas
de divulgación junto a algunos de los libros más profundos
sobre la ciencia filológica que aparecieron en España durante
el siglo XX. Madrugaba sobre las palabras. Tenía algo de felino
agazapado que saltaba sobre la pieza. Su musculatura literaria
se probaba en la denuncia de algún filólogo zámbigo que
zanqueaba.
Había vaticinado la ebullición del español como lengua
universal después del inglés. Le asombraba la torpeza de los
políticos nacionales ajenos al tesoro cultural de nuestro
idioma, incapaces de defenderlo ni en España ni fuera de España.
En la Academia se había ganado el respeto de todos. Lo ha
devastado una enfermedad cruel. Sus amigos sabemos que ni
humanamente ni científicamente será fácil reemplazarle. Con
él se entierran hoy las cenizas de la inteligencia. No se han
cumplido seis años de mi elección en la Academia, a la que
Emilio Lorenzo me propuso junto a Cela y Nieva, y se han muerto
ya tantos «inmortales» que el ánimo se encoge y lloran a lágrima
viva los puntos de la pluma. |