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miércoles 3 de
julio de 2002 |
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Una
mente en ebullición
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José Antonio
PASCUAL
de la Real Academia
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Lorenzo me ha quedado esa sensación de haber llegado yo
siempre tarde. Cuando hace unos años se le hizo un
homenaje en su pueblo, en un sofocante día de agosto,
me vine a Salamanca, desde un lejano mar, para
participar en él. Tras hora y media de espera me
sorprendió que no apareciese el organizador que me iba
a llevar en coche hasta Puerto Seguro; pero me sorprendió
mucho más enterarme muy pronto de que el acto se había
celebrado el día anterior. Ahora he vuelto a llegar
tarde a convivir con él: apenas me ha dado tiempo para
verlo esbozar unas cuantas etimologías del inglés y
del alemán. Hoy mismo acababa de pedirle a Octavio
Pinillos, un exquisito amigo común, que me acompañara
a visitarlo y, sin tiempo aún de concertar la
entrevista, me entero con gran dolor que tampoco esta
vez voy a llegar a tiempo. |
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Lorenzo
recoge la Medalla de Oro de la UIMP
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Al menos su obra ha
estado muy presente en mi trabajo. En diferentes ocasiones me he
acogido a ese sintagma de «lengua en ebullición» que acuñó
hace muchos años y que le sirvió como título provocador de
uno de sus libros. Tal combinación ¬lengua en ebullición¬
tiene la condición aparente de lo obvio, pero nos permitió
entender a las personas de mi generación que las lenguas no son
ni uniformes ni monolíticas y que ¬dicho esto en plena euforia
del pensamiento sincrónico¬ contienen en sí el gérmen de la
evolución. Tuvo don Emilio también algo de pionero al
considerar que las lenguas se vestían de manera distinta en las
diferentes ocasiones en que se empleaban. Un opúsculo publicado
en Logroño en 1991, sobre lo que se conoce como «nivel» y «registros»
de nuestra lengua, me sirvió en un manual de bachillerato para
escribir a mis jóvenes lectores esas distintas situaciones en
las que condicionan el uso de una lengua, como mucho antes me
habían servido sus «Consideraciones sobre la lengua coloquial»
para adentrar a mis alumnos por caminos que ahora se recorren
con mucha mayor facilidad. Volví a encontrarme con aquel
trabajo sobre los niveles y los registros, y con muchos otros, y
viviendo yo lejos de aquí en un libro titulado «El español en
la encrucijada», que contenía no sólo dosis grandes de su
sabiduría lingüista, sino de sentido común también. Fue para
mí la segunda parte del banquete intelectual que supone para un
etimólogo degustar sus «Anglicicismos hispánicos»,
publicados en 1996, donde se afrontan los problemas de los préstamos
ingleses con prudencia y ponderación, es decir, con sabiduría.
Esta vez no soy yo quien ha llegado tarde sino
que nos lo han arrebatado inesperadamente, demasiado pronto. El
día 7 de octubre tenía que participar yo en un homenaje que le
hacía la Universidad de Salamanca, con motivo del doctorado «honoris
causa» que se iba a celebrar un par de días después.
Se nos ha ido ahora que nuestro diccionario
tanto lo necesitaba. Aunque mucho más lo necesitamos sus amigos,
incluso los recién llegados.
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