Veinte días después
de cumplir los ochenta y cuatro años ha fallecido el profesor
Emilio Lorenzo. Desaparece con él otro hito más de la escuela
española de lingüística, es decir, un tipo de profesor de
gran cultura e interés amplios de los que ya parece no contar
la universidad española.
Iniciado en los estudios dialectológicos, discípulo y amigo de
Dámaso Alonso, tradujo con él el libro fundamental de Walther
von Wartburg, «Problemas y métodos de la lingüística», y se
preocupó, en la línea del maestro, por difundir y ampliar el método
de crítica literaria estilística, llegando a publicar una
conocida bibliografía. Es decir, supo aunar la investigación
lingüística con la literaria. Su libro «El español de hoy,
lengua en ebullición», que demuestra su siempre renovado interés
por la lengua cotidiana, sigue siendo, al cabo de los años, un
libro imprescindible para quien quiera acercarse con seguridad a
la lengua española. En las preocupaciones que expresa ese
volumen, siguió trabajando con su gran amigo, el erudito Valentín
García Yebra, buscando soluciones para los anglicismos léxicos
y sintácticos y estudiando los problemas de la traducción.
Llegó a crear un Instituto Universitario de Lenguas Modernas y
Traductores en la Universidad Complutense de Madrid, así como
un Master en traducción.
Él mismo tradujo «El Cantar de los Nibelungos» y puede
decirse sin exageración que fue el introductor de la lingüística
germánica en España, como también lo fue posteriormente de la
Lingüística aplicada.
Pero el profesor Lorenzo, responsable mucho tiempo del Curso
Superior de Filología Española de la Universidad Internacional
Menéndez Pelayo, así como de los Cursos para Extranjeros que
cada verano se celebraban en Santander, supo además aprovechar
la circunstancia para reunir cada año en aquella universidad de
verano a las principales figuras de la lingüística y del
estudio literario, como Rafael Lapesa o Emilio Alarcos, entre
otros, que daban un tono de gran universidad a aquellos cursos,
en cuyas tertulias se discutía con altura científica y amistad.
Ese aire británico se respiraba también en el silencio y la
atmósfera de trabajo de su seminario en la madrileña Facultad
de Letras, donde ejerció su magisterio hasta su jubilación. |