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Le
gustaba innovar. Lingüística, general, germánica, románica,
estilística, traducción, bibliografía, todo en ebullición,
como el español de hoy, lengua que estudió con maestría y
cariño, en un libro fundamental. Se inició, como casi era de
rigor a fines de los cuarenta, con los estudios dialectales,
analizando el habla de Albalá. Añádanse los estudios
literarios, la épica germánica y, muy especialmente, los años
al frente de los cursos para extranjeros en Santander, que
marcaron, con la ayuda de un permanente Emilio Náñez, a veces
disciplinante, a veces jocoso, una época de la enseñanza del
español en España. Porque, si bien centrado en su cátedra de
germanística, Emilio Lorenzo era un discípulo del Centro de
Estudios Históricos, directamente vinculado a Dámaso Alonso y
Rafael Lapesa, y llevaba en las venas el rigor neogramático de
la escuela, templado por la Estilística y la Literatura y quizás,
más
que por nada, por la Dialectología y la experiencia del
contacto directo con el hablante que el trabajo de campo
proporciona. Atrajo a Santander a toda la Filología Española y
permitió así que todos se conocieran, coincidieran durante
unos días y se pudieran mantener después relaciones que duran
vidas enteras y que se plasman en infinidad de notas, escritos,
reflexiones y mejoras.
La capacidad de crear un ambiente de trabajo, ya lo dijo don
Santiago Ramón y Cajal, es consustancial con un maestro. Lo
logró en su cátedra y, sobre todo, en Santander.
Supo ver en el español más una fuerza que un producto, muy de
acuerdo con la peculiar interpretación de Guillermo de Humboldt
que Amado Alonso enseñó a su generación. En ese sentido
contribuyó a suavizar la postura más pesimista del otro
Alonso, Dámaso, sobre la fragmentación de la lengua en la
post-historia y, junto con Manuel Seco y Gregorio Salvador, enseñó
a leer en las páginas de la lengua de todos los días, a
interpretar anuncios, diminutivos, anglicismos, construcciones
real o supuestamente aberrantes. Gozó de uno de esos
reconocimientos espontáneos que tanto significan, dar su nombre
a su libro más conocido: los
opositorés hablaban, hablábamos, del «emilio lorenzo». Es fácil
imaginarlo, con el micro del audífono en la mano, adelantado
ante el rostro del interlocutor, intentando captar la esencia de
las cosas: la palabra.
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