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Recibo
en el campo, aquí en El Bierzo, la triste noticia de la muerte
de Emilio Lorenzo. Hace tantos años que lo conocí y nos
hicimos amigos que no podría fijar con exactitud la fecha
inicial de nuestra relación.
Cuando
se fundó el Instituto Universitario de Lenguas Modernas y
Traductores en la Universidad Complutense de Madrid, siendo
rector mi paisano y amigo Angel González Álvarez, Emilio
Lorenzo fue nombrado, a propuesta mía, director del nuevo
centro de investigación y enseñanza de la Traducción que ya había
estado a punto de crearse años antes en el Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, cuando Ángel González Alvarez
era secretario general de esta institución. Yo colaboré con
Emilio Lorenzo como subdirector del nuevo organismo y como
profesor de Teoría de la Traducción en las dos etapas en las
que fue director.
A
partir de enero de 1985, cuando ingresé en la Real Academia
Española, donde él estaba ya desde un par de años antes,
participamos juntos en varias comisiónes de trabajo. Fue
siempre ejemplar en la asistencia a la Academia, y uno de los
que más intensamente colaboraron en las tareas propias de la
Corporación.
Su
vida intelectual se extendió, antes y después de su ingreso en
la Academia, por campos más extensos que los que podían
cultivarse desde ella. Fruto de su trabajo fueron, entre otras
obras, los varios libros dedicados a la relación entre el inglés
y el español, tema en el que fue sin duda uno de los
investigadores más destacados. Su obra principal en este
terreno, y sin duda la más ampliamente difundida, fue «El español
del hoy, lengua en ebullición», prologada por Dámaso Alonso.
La
desaparición de Emilio Lorenzo es un golpe muy duro para la
Academia, en la que fue siempre un ejemplo de asiduidad en el
trabajo y de profundo interés por los temas lingüísticos
relacionados con la Institución.
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